Me sentí entumecida esta mañana justo cuando ponía los pies en mi nube. Ni dosis a raudales de cafeína, ni el agua estrellada en mi cara, hicieron la menor mella en la maquinaria de mis ojos, maldita huelga de párpados caídos!. Dada la hora que es, me he puesto muy borde con mi cuerpo y con mi tiempo, así que para disgusto que mis músculos los he estirado (me desperezo y me retuerzo como un gato), y harta de observar por la mirilla he abierto la puerta de par en par (en cuanto me acostumbre al raudal de luz mandaré a paseo las gafas de sol). Casi que empiezo a caminar de nuevo.